Versículo:
“Hijo mío, no andes en camino con ellos. Aparta tu pie de sus veredas, Porque sus pies corren hacia el mal, Y van presurosos a derramar sangre..”
(Proverbios 1.15-16)
El mal es como una enfermedad que carcome a aquellos que se habitúan a transitar diariamente por su calzada, les enreda poco a poco, a través del camino de la perdición, es el charco de arenas movedizas que engulle las almas de aquellos que se han negado al camino de Dios.
Estos al ver su suerte llaman a otros para que los acompañen en aquel fatídico destino, les seducen dulcemente al oído, y les invitan a pecar, prometiéndoles placeres inmediatos, pero sin mencionar las consecuencias eternas. De ahí la importancia del consejo “aparta tu pie de sus veredas”, el enemigo sigiloso busca sembrar una semillita del mal en el corazón de los jóvenes y de todos aquellos que lo permitan, una semilla ínfima pero que cuando es alimentada en la vereda del mal desparrama sus raíces a través de los corazones hasta llegar a convertirse en el árbol del pecado, y su fruto no es para nada agradable.
El final de la vereda del mal, no es otro más que la muerte, pero no la muerte del corazón que deja de latir, es la muerte del alma que deja de conectarse con la chispa del Creador, no es la tumba fría de concreto y tierra, es la jaula de la vergüenza y de la desesperanza.
Aquellos que rechazan el camino de la salvación, están condenados a transitar el camino de sombras y eterno tormento, por eso ¡Huye! Mientras puedas alcanzar el camino de la salvación no consientas en la maldad de los hombres sin fe, porque escrito esta “matará al malo su propia maldad”
Reflexionemos:
- ¿Has sido invitado a transitar por el camino de los malos?
- ¿Has consentido en hacer el mal?
- ¿Qué podemos hacer para regresar al camino de nuestra salvación?
- ¿Has ayudado a alguien a salir de ese camino?